El uso de internet y las redes sociales durante la infancia y la adolescencia abrió un debate internacional sobre cómo aprovechar las oportunidades de la tecnología sin dejar de proteger a niños y adolescentes frente a los riesgos del entorno digital.
Por Gabriela Brouwer de Koning
Actualmente existe un debate internacional sobre cómo proteger a niños y adolescentes en internet y redes sociales.
La preocupación surge porque el celular es la puerta de entrada a un mundo lleno de oportunidades, pueden aprender, jugar, crear, hablar con amigos, escuchar música, expresarse y descubrir cosas que quizás nunca conocerían. Pero, al mismo tiempo, por esa puerta también pueden ingresar desconocidos, apuestas, publicidad dirigida, contenidos violentos, desafíos peligrosos, acoso y otras formas de violencia.
Por eso, internet no puede ser considerado solo una herramienta, porque es también un espacio donde niños y adolescentes crecen, se vinculan, se informan y construyen su identidad. Y es en este proceso donde aparece el problema, ya que esos entornos digitales no fueron diseñados pensando en su protección.
Es frecuente escuchar de los adultos que los chicos “saben más de tecnología que nosotros”. Probablemente sea así. Saben instalar aplicaciones, editar videos o aprender rápidamente a utilizar una plataforma. Pero existe una diferencia fundamental entre saber usar una tecnología y saber protegerse dentro de ella. Un niño puede manejar perfectamente una aplicación y no advertir que alguien está intentando manipularlo. Puede conocer cada botón de una red social y no comprender por qué el algoritmo insiste en mostrarle determinados contenidos. Puede saber cómo funciona una plataforma y no tener herramientas emocionales para entender qué le pasa.
Esto demuestra que existe una brecha de comprensión de los riesgos que merece atención, porque lo que sucede detrás de una pantalla puede influir en la vida, afectando la autoestima, los vínculos, el aprendizaje, la privacidad, la salud y, en los casos más graves, la integridad.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo los acompañamos?
Esa es una de las grandes discusiones que atraviesan distintos países. Algunos están optando por establecer límites de edad. Australia, por ejemplo, implementó desde diciembre de 2025 restricciones que obligan a determinadas plataformas a impedir que los menores de 16 años tengan una cuenta. Indonesia comenzó en 2026 una implementación similar para menores de 16 años en plataformas consideradas de riesgo. Francia también avanzó durante 2026 con una iniciativa legislativa que establece restricciones para menores de 15 años. La Unión Europea lanzó la propuesta Kids Act, que prohíbe a las plataformas de redes sociales conceder acceso a niños menores de 13 años y fija en 15 años la edad mínima para abrir una cuenta propia. Lo innovador es que se introduce el principio de inversión de la carga de la prueba, esto es que los proveedores deberán demostrar que sus servicios son seguros y adecuados para la edad.
En América Latina, en cambio, la discusión no se centró en prohibiciones por edad, sino en crear entornos digitales más seguros.
La discusión no debería reducirse a una falsa alternativa entre prohibición absoluta y libertad absoluta. Hay situaciones en las que, naturalmente, no alcanza con recomendar prudencia. La exposición de niños a pornografía, apuestas, explotación sexual, determinadas formas de publicidad dirigida o el contacto abusivo de adultos requieren límites, controles y responsabilidades concretas. Pero proteger tampoco significa aislar. Implica enseñar, acompañar, prevenir, establecer reglas y exigir responsabilidades a quienes diseñan y administran estos espacios.
En nuestro país, el Estado reconoce riesgos asociados al entorno digital y existen iniciativas de prevención frente al grooming, la sobreexposición, los contenidos inapropiados y otros riesgos. Pero el desafío es mucho más amplio y requiere una política integral.
Es indudable que no podemos dejar solas a las familias con esta realidad, es necesario establecer reglas que permitan aprovechar los beneficios del progreso tecnológico, pero cuidando la integralidad de niñez y adolescencia.


